La Ruralidad Leonesa, en Estado Crítico

El campo leonés está al límite y necesita reaccionar ya

La Ruralidad Leonesa, en Estado Crítico

El territorio leonés es uno de los más extensos de la península, y cuenta con superficie rural suficiente como para abastecerse a sí mismo. Esto se traduce en pueblos, campos agrícolas, empresas ganaderas y zonas de pasto que alimentan no sólo a la región, sino también a buena parte del resto del país. Durante siglos, este equilibrio entre tierra, trabajo y comunidad sostuvo un modo de vida que parecía inamovible.

Las políticas

Recordamos los mayores cómo Europa te da subvenciones con la mano derecha y con la izquierda te quita privilegios. Recordamos las cuotas de leche que estuvieron activas desde 1986 hasta 2015, borrando del mapa zonas tradicionalmente lácteas, especialmente en León. Recordamos también los represivos trámites burocráticos que se llevan a cabo en España para disponer de alguna ganadería o incluso unas pocas gallinas con las que abastecerte, sumadas a las europeas. Recordamos también cómo cada nueva normativa parece escrita desde despachos lejanos, ajenos a la realidad de quien madruga para ordeñar, sembrar o cuidar un rebaño. Se multiplicaron los controles, los registros, las inspecciones y los requisitos que, en teoría, buscaban modernizar el sector, pero que en la práctica terminaron expulsando a quienes no podían dedicar media jornada a rellenar formularios y medio sueldo en impuestos. A ello se sumó la entrada masiva de productos importados a precios imposibles de igualar, que colocó a los productores locales en una competencia desigual. El campo leonés, que siempre había vivido de su trabajo y de su tierra, empezó a depender más de decisiones externas que de su propio esfuerzo. Las malas políticas nos ha llevado a esta situación.

Sin Relevo

A todo esto se suma un problema que no es nuevo, pero que hoy marca el destino de nuestro campo: la ausencia de relevo generacional, y no es de extrañar. Después de décadas de trabas, incertidumbre y precios que apenas cubren costes, pocos jóvenes ven en la agricultura o la ganadería una opción de vida estable. Las explotaciones que antaño daban de comer a varias familias y pueblos enteros, que lograron sobrevivir a cuotas, recortes y normativas, se encuentran hoy sin relevo. Los hijos que crecieron viendo a sus padres pelear contra trámites interminables y mercados injustos optaron por marcharse, buscando oportunidades que aquí ya no encontraban. Así, mientras las explotaciones cierran, los pueblos se vacían. 

Todo está prohibido

La despoblación deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una realidad visible en cada pueblo que visites, en cada monte lleno de maleza que después arderá cada verano porque el ganado ya no lo limpia como hacían nuestros antepasados. Y, sin embargo, lejos de facilitar que el campo se mantenga vivo, parece que todo está prohibido. Coger una simple ramita está prohibido, limpiar el monte está prohibido, aprovechar la leña caída está prohibido. Incluso prácticas tradicionales que durante siglos mantuvieron el territorio en equilibrio (desbroces, quemas controladas, pastoreo extensivo) se han convertido en trámites interminables o directamente en infracciones. El resultado es un paisaje cada vez más abandonado, más vulnerable y más alejado de quienes, durante generaciones, lo cuidaron sin necesidad de manuales ni permisos.

La Carga que Estalla

La política no ha favorecido en absoluto al mundo rural, ni al leonés ni al europeo, todo lo contrario. Durante décadas, como cargas de demolición, se han acumulado decisiones que han debilitado al pequeño productor, que han desmantelado sectores enteros y que han convertido la vida en el campo en una carrera de obstáculos. El acuerdo UE‑Mercosur no es más que el botón detonante de una gran carga de dinamita que lleva años apilándose. Un pacto que permite la entrada masiva de productos a bajo coste, producidos bajo estándares muy distintos a los exigidos aquí, y que coloca al agricultor y al ganadero europeo en una competencia imposible. No es un problema aislado, sino la consecuencia lógica de un modelo que ha ido alejando al campo de su propia capacidad de sostenerse.

Somos todos

El campo y sus trabajadores no son un problema de unos pocos. El campo somos todos, y más siendo leoneses. El campo somos nosotros, y nosotros hacemos el campo. Lo llevamos en nuestro ADN, en nuestra historia, en la forma en que entendemos la vida y el territorio. Por eso es hora de actuar. ¿Cómo es posible que a algunos no les afecte esto, siendo leoneses? No se puede permanecer impasibles mientras los compañeros europeos se dejan la piel frente a los antidisturbios defendiendo lo que también es nuestro, que no es otra cosa que la justicia frente a las mismas leyes represivas que nos afectan a todos.
Es momento de decir “aquí estamos”, de plantar cara a quienes toman decisiones sin mirar a la tierra que pisan. Es momento de unidad, de recordar que sin campo no hay futuro posible. Es momento de decir, alto y claro: la Región Leonesa es rural, y no va a morir hoy.