La romanización del Conventus Asturum: sus dioses
Antes de Roma, estas montañas ya tenían sus dioses. Lo que les pasó cuando llegaron las legiones todavía puede contarse.
Dos tesis doctorales, dos universidades leonesas y miles de inscripciones grabadas en piedra para responder a una pregunta: ¿qué pasó con esta tierra, y con sus dioses, cuando llegó Roma?
La primera es la de Sonia María García Martínez, presentada en el Departamento de Estudios Clásicos de la Universidad de León bajo la dirección del catedrático de Historia Antigua Manuel Abilio Rabanal Alonso. Es un trabajo monumental: ordena y estudia 2.408 inscripciones de época romana de todo el Noroeste, de las que 603 son votivas, 913 funerarias, 31 honorífico-monumentales, 7 jurídicas, 64 marcos de propiedad y 524 miliarios, además de 259 fragmentos o piezas sin texto y 7 falsificaciones[1]. La autora explica por qué se apoya en la piedra escrita: "El epígrafe, frente a la documentación literaria, cuenta con la ventaja de ser fijo"[2].
La segunda es mucho más reciente. Riccardo Di Giovannandrea la defendió en la Universidad de Salamanca en septiembre de 2024, en cotutela con la Sapienza de Roma, dirigida por Francesca Romana Uccella y Gian Luca Gregori, con Juan Jesús Padilla Fernández como tutor[3]. Su autor, romano, buscó a propósito una mirada "romano-céntrica", ajena al contexto actual de la región, para evitar cualquier condicionamiento "por cuestiones de amor territorial"[4]. Parte del trabajo se hizo en el Museo de León y en el Museo Romano de Astorga gracias al proyecto ITAROMA, en 2022[5]. Omite, de forma voluntaria, la minería y el ejército, dos campos que ya contaban con abundantes estudios[6].
Qué era el Conventus Asturum

Tras las guerras astures (29-19 a. C.), el Noroeste quedó dentro de la provincia Citerior o Tarraconense, con capital en Tarraco.

La lejanía de esa capital llevó a Roma a crear una procuratela per Asturicam et Callaeciam con sede en Asturica Augusta, la actual Astorga, cerca de las minas[7].

En el siglo I todo el territorio se repartió en conventus, demarcaciones más pequeñas para administrar y controlar el territorio. Sus capitales fueron Asturica Augusta para el Conventus Asturum, Bracara Augusta para el Bracaraugustanus y Lucus Augusti para el Lucensis[8].


Casi a la vez llegó el ius Latii concedido por Vespasiano, que convirtió en ciudadanos latinos a buena parte de los habitantes. Para García Martínez, más que una gracia del emperador fue una medida fiscal para recaudar más impuestos, aunque supuso un avance en la latinización del Noroeste[9]. Ya en el siglo III, con Caracalla, se creó una nueva provincia, la Hispania Nova Citerior Antoniniana, que duró poco más que el propio emperador. La configuración definitiva del Noroeste como provincia independiente llegó con Diocleciano[10].
¿Hasta dónde llegaba el Conventus Asturum? Di Giovannandrea dibuja sus límites siguiendo los ríos: al este, el Nalón y el Esla; al sur, el Duero; al oeste, una línea más incierta que arranca en el Navia, sigue el Lor y remonta el Sil, el Bibei y el Navea, y baja después por el Tuela y el Tua, o quizá por el Mente, el Rabazal y el Tua, hasta el Duero[11]. La misma tesis propone además una lectura nueva de Plinio: los astures transmontanos estarían en la parte occidental del conventus, y los augustanos en la oriental y meseteña[12].
Lo que contaron los autores antiguos
García Martínez sitúa el primer contacto con las incursiones de Décimo Junio Bruto en el año 138 a. C., y la presencia romana se prolonga hasta la caída del Imperio de Occidente, en el siglo V. Las inscripciones, en cambio, se concentran en los siglos I a IV[13].
Di Giovannandrea revisa uno a uno los textos de Estrabón, Pomponio Mela, Plinio el Viejo y Ptolomeo, y concluye que las fuentes literarias no pasan de mediados del siglo II. A Estrabón, cuyas descripciones de los pueblos del norte se tomaron primero al pie de la letra y luego se rechazaron, lo considera fidedigno, aunque haya que matizarlo, e imprescindible para conocer la situación anterior a Roma y el primer control del territorio, al menos hasta Tiberio. Plinio es la clave para la época flavia, y Ptolomeo apenas da detalles[14].
Quién mandaba
Los legati iuridici eran los legados que impartían justicia en el conventus. Di Giovannandrea revisa todos los que se conocen y encuentra que, entre los años 136 y 211, con las escasas evidencias disponibles, aproximadamente el 60 % fueron sin duda itálicos. Fue el momento de mayor vitalidad del territorio, el que lo integró de lleno en el Imperio[15].
Los procuradores dejan otra pista. El primer testimonio, hallado recientemente en Astorga, se remontaría a Tiberio y menciona el cargo de procurator Augusti. Desde el año 96 el título se refiere a la provincia y añade "Asturiae et Callaeciae", hasta que en el 185 vuelve la fórmula genérica, cuyo último testimonio se fecha entre el 212 y el 222[16].
Roma disponía de "delegados territoriales". Las inscripciones recogen la figura del princeps, el jefe local que hacía de intermediario entre su pueblo y el poder romano. García Martínez documenta cuatro casos en el Noroeste: Cornelius Maternus entre los vadinienses, Nicer Clutosi entre los albiones y un padre y un hijo entre los copori. En el Pacto de los Zoelas aparece además un magistratus de nombre plenamente indígena, Abienus Pentili f.[17].
Los dioses de antes de Roma
De las 603 inscripciones votivas que García Martínez reúne en el Noroeste, 136 pertenecen al Conventus Asturum[18]. Lo más llamativo es lo que no ocurrió: Roma no impuso a sus dioses. "El estado romano permitió que se siguiesen adorando los dioses que eran propios de la población autóctona", escribe la autora, hasta el punto de que el Noroeste presenta "el panteón religioso más variado en divinidades indígenas y latinas de toda Hispania"[19].
Monumentos votivos del Noroeste hispanorromano, por conventus
- Conventus Bracaraugustanus 320
- Conventus Lucensis 147
- Conventus Asturum 136
Di Giovannandrea añade un matiz: las dedicatorias a dioses indígenas del Conventus Asturum las hicieron sobre todo personas con nombres muy integrados en la onomástica latina. Puede tratarse de indígenas romanizados que adoptaron la costumbre romana de dedicar altares, o de ciudadanos romanos que hacían ofrendas a dioses del panteón local. Su relación incluye a Aegamunoaegus, Aernus, Atilaecus, Bandua, Bodo, Colliego, Cossue, Deganta, Evodutonius, Laesus, Mandica, Murus Pecus Paramecus, Nimmedus, Porolus, Tilenus, Vagus y Vibo[20].
Tilenus, el dios del Teleno

El Teleno es, en palabras de García Martínez, una formación montañosa al suroeste de la provincia de León, brazo de los Montes de León, que domina la Valduerna, la Maragatería y la Cabrera. Fue "testigo mudo" de las explotaciones de oro que hubo en sus laderas, en la zona por excelencia de la minería aurífera romana en la provincia[21]. Y su nombre aparece en dos inscripciones de época romana, muy alejadas entre sí[22].

La primera es un ara votiva hallada entre los escombros de unas obras en el altar mayor de la iglesia de San Martín de Viloria, en O Barco de Valdeorras (Ourense). Se conserva en el museo de la Sociedad de Estudios Valdeorrenses y dice: "Q(uintus) Iul(ius) / Tiro / Tilleno / v(otum) s(olvit) l(ibens) m(erito)", es decir, que Quinto Julio Tirón cumplió de buen grado su promesa a Tilleno. Se fecha en los siglos II o III[23]. Fermín Bouza Brey le dedicó un artículo en 1970[24].

La segunda es una joya. Apareció en 1900, hallada por un vecino, Pascual Vivas, en el pago de Los Villares de Quintana del Marco (León), una villa romana de más de una hectárea situada entre dos vías del Itinerario de Antonino, donde salieron también cuatro bustos de mármol, ladrillos con la marca de la Legio VII, monedas y mosaicos. Es una pequeña placa oval de plata, de apenas unos centímetros, partida en tres trozos, con las letras trazadas en oro: "Marti / Tileno", a Marte Tileno. Hoy está en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid[25]. Su forma recuerda al ancile, el escudo oval que, según la tradición romana, Marte envió del cielo al rey Numa[26].

¿A quién se veneraba exactamente? La autora plantea tres posibilidades: un dios llamado Teleno, un dios sin nombre conocido que vivía en el Teleno, o un dios llamado Teleno cuya montaña tomó su mismo nombre. Descarta la segunda porque el nombre del dios y el del monte se escriben igual, y se queda con la tercera, que en su opinión confirma la placa de Quintana del Marco. Y le atribuye un doble carácter: guerrero, por su unión con Marte, y agrícola y de los montes, porque la placa apareció en una villa dedicada a la agricultura y la ganadería, cuyo dueño pudo pedir al dios buenas cosechas[27]. En la placa de Quintana del Marco, la unión Mars Tilenus prueba que el dedicante identificó a dos dioses de panteones distintos con funciones parecidas[28]. Lo que no se ha encontrado es su santuario: de Tilenus hay un exvoto, pero no se sabe dónde se le rendía culto[29].
Hay un texto antiguo que encaja con el Teleno. Justino habla de un monte sagrado en tierras de estas gentes: "se considera una impiedad violarlo con herramientas, pero cuando la tierra es herida por el rayo, cosa que ocurre por aquellos parajes con frecuencia, está permitido recoger el oro que entonces aparece como si se tratara de un regalo del dios". García Martínez no descarta que ese monte sea el Teleno por tres razones: la placa a Marte Tileno, que podría ser el dios parecido al Ares griego al que, según Estrabón, sacrificaban los habitantes de estas tierras; el oro, porque el Teleno coincide con una cuenca aurífera de época romana; y porque todavía hoy un monte de la provincia de León lleva ese nombre[30].
Para la autora, Tilenus pertenece al grupo de los dioses de la montaña, junto a Júpiter y a Laroucus, el dios de la sierra del Larouco, en la raya entre Galicia y Portugal. En ambos casos el dios se llama igual que el monte[31].
Los demás dioses astures, uno a uno
El corpus de García Martínez permite seguir a cada dios indígena del Conventus Asturum hasta el lugar donde apareció su inscripción[32]:
Aegiamuniaegus. Una plancha de bronce de Viana do Bolo (Ourense), hoy desaparecida, dedicada por Antistius Placidus. Siglos II-III.
Aernus. Tres aras en la actual Bragança: una en Olmos (Macedo de Cavaleiros), dedicada por Lucretius Valens, y dos en Castro de Avelãs. Una de estas la dedica el Ordo Zoelarum, la comunidad de los zoelas, en el siglo II.
Anod(---). Un ara de Chao del Castro, en O Bolo (Ourense).
Atilaecus. Una lápida de O Barco de Valdeorras dedicada por Lucius Cornelius Placidus, centurión de la Legio VII, en tiempos de Claudio II (268-270).
Augus Propeddus. Una lápida de San Miguel de Laciana, en Villablino.
Bandua. Un ara, hoy perdida, que formaba parte del santuario de Nossa Senhora da Hedra, en Espinhosela (Bragança). La autora ve allí un posible santuario de este dios[33].
Bodus. Una lápida del atrio de la iglesia de Villadepalos, en Carracedelo, hoy en el Museo de San Marcos de León. Siglo II.
Caraedudius. Una lápida del Castro Colorado de Cuevas, en San Justo de la Vega, dedicada por Fronto, hijo de Reburrus. Siglos I-II.
Cossus, con sus variantes. Es el dios con más testimonios del Bierzo: San Pedro Castañero, el castro de Villasumil (Candín), Arlanza, San Esteban del Toral, Santibáñez del Toral, Noceda y dos aras en Santa Eulalia de Tedejo, una de ellas dedicada por un miembro de la Legio VII Gemina. En Arlanza se le invoca como "Deo domino Cossue Segidiaeco". Con la forma Cosiovius aparece en Las Rozas (Villablino) y en Grases (Villaviciosa, Asturias), donde lo honran los Luggoni Arganticaeni. Hay otra en Viana do Bolo.
Deganta. Una lápida de Cacabelos dedicada a la diosa por Flavia, hija de Flavius, "in honorem Argaelorum". Siglo I. La autora la cuenta entre los dioses de las aguas[34].
Densus. Un ara de Felgar, en Torre de Moncorvo (Bragança). Siglo I.
Evedutonius Barciaecus. Un ara de Naraval, en Tineo (Asturias), dedicada por Lucius Servius Secundus.
Madarsus. Un ara reutilizada como pila en la ermita de Nuestra Señora de Gracia, en Vigo de Sanabria (Zamora).
Mandica. Un ara del Campo de la Ría, en Ponferrada, dedicada por Lucius Pompeius Paternus. Siglo II.
Mentoviacus. Un ara del despoblado de Santiago, en Villalcampo (Zamora), hoy en el Museo de Zamora. La autora lo incluye entre los protectores de los caminos[35].
Navia. Un ara de origen incierto, quizá de las cercanías del río Navea, en Trives (Ourense), y un fragmento empotrado en una casa de Tedejo.
Nimmedus Aseddiagus. Una lápida hallada en las obras del ferrocarril en Ujo, Mieres (Asturias), dedicada por Gaius Sulpicius Africanus. Siglo II.
Rea Pece Paramaecus. Un sillar de El Collado, en Riosa (Asturias).
Vacus Caburius. Una lápida de Astorga, hoy en el Museo de San Marcos de León. Siglo II.
Vagodonnaegus. Una placa reutilizada en los suelos de la villa romana de La Milla del Río, en Carrizo de la Ribera. La dedica nada menos que la Res Publica Asturica Augusta, la ciudad de Astorga, por medio de sus magistrados. La autora cree que este dios pudo tener allí un templo[36].
A muchos de estos nombres no es posible atribuirles una función concreta. García Martínez los agrupa como dioses "de difícil adscripción" y, entre ellos, Aegiamuniaegus, Atilaecus, Augus Propeddus, Densus, Evedutonius Barciaecus, Madarsus, Mandica, Nimmedus Aseddiagus y Rea Peca Paramecus pertenecen al Conventus Asturum[37]. Sobre los dioses de la guerra, sostiene que pudo existir una única divinidad guerrera indígena con nombres y atributos distintos, como Bandua o Cossus, que los romanos identificaron con Marte[38].
Cuando los dioses se mezclaron
El caso de Júpiter es revelador. Es el dios con más altares de todo el Noroeste, 139, de los que 36 son del Conventus Asturum. García Martínez cree que bajo su nombre se esconde una divinidad indígena de funciones parecidas cuyo nombre no conocemos, porque solo así se explica que lo adoraran por igual latinos e indígenas[39]. A menudo lleva apellidos indígenas, como Candamus. Un ara perdida dedicada a "Iovi Candamo" pudo proceder de Candanedo de Fenar, en La Robla[40]. En Villalís de la Valduerna una inscripción se decora con Júpiter y los Dióscuros, en Priaranza de la Valduerna aparece un águila y en Villadecanes una estela venera a Júpiter junto a Lar Pater[41].
La geografía de esa mezcla tiene una regla clara: la élite latina de las capitales, los municipios y los campamentos prefería a los dioses romanos, mientras que el medio rural mantenía a los indígenas, puros o con apellidos latinos. Júpiter era la excepción, honrado en todos los ambientes[42].
Los dioses que trajo Roma
Di Giovannandrea clasifica las dedicatorias a divinidades clásicas del Conventus Asturum según las hicieran civiles o militares. En ambos casos domina Júpiter. Entre los civiles le siguen Tutela, los Lares y Marte. Entre los militares, las Fontes, el Genius y Diana. El autor advierte de un problema grave: muy pocas de estas inscripciones pueden fecharse con seguridad, así que cualquier conclusión debe ser prudente[43].
Algunas piezas merecen una parada:
La Tríada Capitolina en Astorga. El culto conjunto a Júpiter, Juno y Minerva es, en el Noroeste, exclusivo del Conventus Asturum y de los procuradores imperiales[44]. En Astorga apareció un ara de mármol dedicada por el procurador Publius Aelius Hilarianus y sus hijos por la salud de un emperador cuyo nombre fue borrado de la piedra por la damnatio memoriae, que Tranoy restituye como Cómodo[45].
El templo de Diana en León. Empotrada en la muralla, junto a la Puerta del Castillo, apareció una gran lápida de mármol dedicada a Diana por Quintus Tullius Maximus, legado de la Legio VII Gemina. En su reverso, un poema en latín cuenta que "Tullius e Libya rector Legionis Hiberae" levantó un templo a la diosa, y en los laterales le dedica los colmillos de los jabalíes y la cornamenta de los ciervos que cazó[46].
Apolo y la cofradía de Lancia. En Lancia, en Villasabariego, apareció un ara dedicada "Apollini sacrum" por un "Dumus sacratus", una cofradía de jóvenes. Es una de las dos pruebas de asociaciones religiosas en el Conventus Asturum. La otra es un ara de Astorga en la que Aurelius Vegetus y Aelius Dento se dirigen a los miembros de un collegium[47].
Los dioses de Oriente. La Vía de la Plata y la ruta Aquitana confluían en Asturica Augusta, que se convirtió en el gran receptor de los cultos orientales, traídos por militares y comerciantes[48]. En la ciudad vivía una colonia de grecoparlantes[49]. En Quintanilla de Somoza hubo un templo a Serapis-Iao, y de allí procede un ara cuya cartela tiene forma de mano derecha, y entre los astures transmontanos pudo haber un templo de Mitra cerca de La Isla, en Asturias[50].
El Genio de los asturicenses. En las escombreras de Astorga apareció un ara dedicada al Genius Asturicensium por Caesianius Agricola, jinete de una unidad de lusitanos[51]. La propia Asturica figura entre las dedicatorias militares del gráfico de Di Giovannandrea[52].
Una fiesta de difuntos. En San Justo de la Vega, junto a Astorga, una placa en memoria de Lucius Calpurnius Flaccus, dedicada por Calpurnius Paternus y Calpurnius Proculus, termina con la palabra Lemuria. Es la única fiesta religiosa romana documentada en el Noroeste: las noches del 9, 11 y 13 de mayo el padre de familia alejaba de casa a los espíritus de los muertos lavándose tres veces las manos con agua de una fuente y arrojando habas negras a su espalda[53].
García Martínez apunta también un conjunto de templo y termas dedicado a Fortuna y un templo de Hércules en Petavonium (Rosinos de Vidriales), y restos de culto privado familiar, el lararium, en La Nora y en Quintana del Marco[54]. Entre los sacerdotes cita a una posible sacerdotisa indígena, Flavia, en el Bierzo, y a dos flamines que actuaron en el Conventus Asturum, L. Pomp. Faventinus y Q. Iulius Fido Ast.[55]. Di Giovannandrea sitúa el origen de varios sacerdotes en Asturica, Bergidum Flavium, Brigaecium y Lancia[56].
La sociedad
Las inscripciones muestran dos sociedades. La latina vivía sobre todo en las ciudades. La indígena, en el campo, aferrada a la tradición y tomando de Roma lo que le interesaba. Entre ambas, un grupo menor que adoptaba nombres latinos sin perder su raíz indígena[57]. La élite latina trajo consigo esclavos y libertos, y el Conventus Asturum es, con diferencia, el que más documenta, con especial intensidad en Asturica Augusta[58].
Al Noroeste llegaron gentes de otros conventus hispanos y de fuera de la península, italianos, galos, africanos y orientales, que se instalaron en las capitales, en los distritos mineros como Las Médulas y el valle del Duerna, en los campamentos de Legio y Petavonium y en lugares como Bergidum Flavium[59]. Entre los nombres indígenas destaca la zona zoela, donde abundan las personas que se identifican por el nombre de su padre[60], y los zoelas son también el pueblo mejor documentado, según Di Giovannandrea, en una lista que incluye también a Albilici, Oniaci, Paesici, Bedunienses, Saeleni, Tiburi y Gigurri[61].
La integración llegó muy lejos. En el siglo II, al menos nueve asturicenses sirvieron en la guardia pretoriana y están atestiguados en la propia Roma[62]. Las inscripciones recuerdan también oficios, como el aquilegus de Boñar, cerca de los manantiales, y aficiones, como las cacerías de Quintus Tullius Maximus en Legio[63]. En León, una mujer, Domitia Presilla, costeó por medio de dos libertos la construcción y el cuidado de un puente[64].
Di Giovannandrea advierte de algo que interesa mucho en la Región Leonesa: es difícil usar rasgos fonéticos o lingüísticos sueltos de las lenguas y dialectos modernos de estos territorios como prueba de fronteras étnicas prerromanas. Lo que sí deja una huella indudable de Roma es el latín, presente en la epigrafía incluso en lugares muy apartados[65].
Ciudades y caminos
El contacto entre la población civil y la militar hizo que, a partir de las cannabae del campamento de la Legio VII, surgiera la futura ciudad de León[66]. Según Di Giovannandrea, salvo lo militar, apenas quedan restos de los años inmediatos a la conquista. El gran desarrollo del conventus llega en el siglo II, aunque arranca en época flavia con el ius Latii. Es un momento de fuerte crecimiento de la población, con nuevos núcleos a lo largo de las grandes vías, como Cacabelos, y algunos de aspecto plenamente urbano, como Puente Castro, en León. En Lancia las casas combinan costumbres indígenas con soluciones itálicas, y Asturica, que a finales del siglo I ya había desbordado sus murallas, se llena de espacios públicos y privados decorados con lujo. Llama la atención que no se hayan encontrado grandes edificios para espectáculos ni templos, aunque sí un gran espacio porticado que el autor propone leer como área sagrada colectiva[67].
En el siglo III cambia el rumbo: niveles rellenados, asentamientos abandonados, cambios en el trazado de las ciudades y auge de las villae. En el siglo IV las grandes murallas transforman la imagen de las ciudades, y en ellas se reutilizan masivamente piedras, decoraciones e inscripciones anteriores[68]. García Martínez lee el siglo III de otra forma: los miliarios de esa época son los más numerosos, señal de que se seguían reparando las calzadas, y concluye que los siglos III y IV fueron uno de los momentos de mayor florecimiento del Noroeste[69].
Las grandes rutas unían de este a oeste Lancia, Legio, Asturica, Bergidum e Interamnium, y de norte a sur Flavionavia, Asturica y Legio, Bedunia, Brigaecium y Petavonium, y desde allí enlazaban con Lucus, Bracara, Caesaraugusta, Tarraco y Emerita. Uno de los itinerarios antiguos conservados describe un largo camino que unía Mediolanum, la actual Milán, con Legio[70].
Un camino que empezó en León
Ninguna de estas tesis parte de cero. Las dos citan el trabajo de Augusto Quintana Prieto "La religión pagana en tierras de León", publicado en 1969 en la revista Archivos Leoneses[71]. Aquel número, dedicado por entero a la historia de León con motivo del XIX centenario de su fundación, celebrado en 1968, recogía un estudio que, según la reseña del Bulletin Hispanique, no tenía precedentes: Quintana Prieto analizaba veinticuatro inscripciones de la provincia de León, con su texto original, transcripción y traducción, y estudiaba el carácter de cada divinidad[72]. Archivos Leoneses, la revista del Centro de Estudios e Investigación San Isidoro, publicó cien números entre 1947 y 1996[73].
Romanización, latinización o aculturación
Las dos tesis coinciden en lo esencial y difieren en la palabra. García Martínez prefiere hablar de aculturación, porque no solo se impuso la cultura latina: la astur-galaica también aportó sus elementos, y las dos sociedades caminaron juntas tomando cada una lo que le interesaba de la otra[74]. Di Giovannandrea concluye que la romanización llegó tarde a esta parte de la península, pero fue profunda e irreversible[75].
Y el autor italiano deja una reflexión que merece cerrar este artículo. Su trabajo quiso reunir piezas dispersas en catálogos, excavaciones y obras generales para devolver la unidad a "lo que antiguamente tenía un vínculo y que en la modernidad se está desarticulando, sobre todo, debido a la fuerza de acción de las Comunidades Autonómicas", cuyos límites actuales, recuerda, no coinciden en absoluto con las divisiones que este territorio ha conocido a lo largo del tiempo[76].
Notas
[1] García Martínez, p. 1076.
[2] García Martínez, p. 1076.
[3] Di Giovannandrea, portada.
[4] Di Giovannandrea, p. 8.
[5] Di Giovannandrea, p. 9.
[6] Di Giovannandrea, pp. 8 y 10.
[7] García Martínez, pp. 1077-1078.
[8] García Martínez, p. 1078.
[9] García Martínez, p. 1078.
[10] García Martínez, p. 1078.
[11] Di Giovannandrea, p. 506.
[12] Di Giovannandrea, p. 506.
[13] García Martínez, p. 1076.
[14] Di Giovannandrea, pp. 505-506.
[15] Di Giovannandrea, p. 507.
[16] Di Giovannandrea, p. 507.
[17] García Martínez, pp. 1078-1079.
[18] García Martínez, p. 1085.
[19] García Martínez, p. 1086.
[20] Di Giovannandrea, p. 509.
[21] García Martínez, p. 801.
[22] García Martínez, p. 801.
[23] García Martínez, corpus del Conventus Asturum, nº 33, p. 1317.
[24] Bouza Brey, F. (1970), citado en Di Giovannandrea, p. 518, y en García Martínez, nº 42.
[25] García Martínez, p. 802, notas 84-86, y corpus nº 42, p. 1327.
[26] García Martínez, p. 803, nota 95.
[27] García Martínez, pp. 801-804.
[28] García Martínez, p. 803.
[29] García Martínez, p. 801.
[30] García Martínez, pp. 785-787. La cita de Justino (Epitome XLIV, 3, 6) es la traducción que ofrece la autora.
[31] García Martínez, pp. 800 y 815.
[32] García Martínez, corpus del Conventus Asturum, inscripciones votivas a divinidades indígenas, nº 1-35, pp. 1293-1320.
[33] García Martínez, p. 1093.
[34] García Martínez, p. 1092.
[35] García Martínez, p. 1091.
[36] García Martínez, pp. 1081 y 1094.
[37] García Martínez, p. 1093.
[38] García Martínez, p. 1091.
[39] García Martínez, pp. 1087-1088.
[40] García Martínez, corpus nº 39, p. 1324.
[41] García Martínez, pp. 1088-1089.
[42] García Martínez, p. 1096.
[43] Di Giovannandrea, pp. 507-508.
[44] García Martínez, p. 1087.
[45] García Martínez, corpus nº 60, p. 1341.
[46] García Martínez, corpus nº 49, p. 1332.
[47] García Martínez, p. 1095, y corpus nº 47, p. 1331.
[48] García Martínez, p. 1090.
[49] García Martínez, p. 1083.
[50] García Martínez, p. 1094, y corpus nº 100.
[51] García Martínez, corpus nº 38, p. 1322.
[52] Di Giovannandrea, p. 508.
[53] García Martínez, pp. 1064-1065.
[54] García Martínez, pp. 1094-1095.
[55] García Martínez, p. 1095.
[56] Di Giovannandrea, p. 509.
[57] García Martínez, p. 1083.
[58] García Martínez, p. 1083.
[59] García Martínez, p. 1083.
[60] García Martínez, p. 1085.
[61] Di Giovannandrea, p. 509.
[62] Di Giovannandrea, p. 510.
[63] García Martínez, p. 1084.
[64] García Martínez, p. 1082.
[65] Di Giovannandrea, pp. 506-507.
[66] García Martínez, p. 1077.
[67] Di Giovannandrea, p. 510.
[68] Di Giovannandrea, p. 511.
[69] García Martínez, pp. 1081-1082.
[70] Di Giovannandrea, p. 511.
[71] Quintana Prieto, A. (1969), citado en Di Giovannandrea, bibliografía, y en García Martínez, p. 803, notas 90-91.
[72] Cotrait (1970), p. 504.
[73] Álvarez Álvarez y Cavero Domínguez.
[74] García Martínez, pp. 1076 y 1096.
[75] Di Giovannandrea, p. 505.
[76] Di Giovannandrea, pp. 8-9.
Fuentes
García Martínez, Sonia María. La romanización de los Conventus Asturum, Bracaraugustanus y Lucensis. Su estudio epigráfico. Tesis doctoral dirigida por Manuel Abilio Rabanal Alonso. León: Universidad de León, Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Estudios Clásicos. ISBN 84-7719-649-4.
Di Giovannandrea, Riccardo. Inclusión en un Imperio: la romanización del Conventus Asturum durante el Principatus. Tesis doctoral en cotutela, Universidad de Salamanca y Sapienza Università di Roma, dirigida por Francesca Romana Uccella y Gian Luca Gregori, tutor Juan Jesús Padilla Fernández. Salamanca, 2024. Versión reducida en acceso abierto con licencia CC BY-NC-ND 4.0 en el repositorio Gredos de la Universidad de Salamanca. DOI: 10.14201/gredos.160352.
Cotrait, René. "Archivos Leoneses (León)", reseña del volumen XXIII, nº 45-46 (1969). Bulletin Hispanique, tomo 72, nº 3-4, 1970, pp. 504-506. Persée.
Álvarez Álvarez, César y Cavero Domínguez, Gregoria (Universidad de León). "Balance historiográfico de la revista Archivos Leoneses en sus cincuenta años de vida (1947-1996)".
Para saber más
Obras citadas en las bibliografías de las dos tesis:
Quintana Prieto, Augusto. "La religión pagana en tierras de León". Archivos Leoneses, XXIII, nº 45-46, 1969, pp. 33-107.
Bouza Brey, Fermín. "Ara del dios Tileno, de Viloria (Ourense)". Cuadernos de Estudios Gallegos, tomo 25, nº 77, 1970, pp. 267-270.
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Las gráficas son de elaboración propia a partir de los datos de las dos tesis. Las de dedicatorias civiles y militares reproducen los valores de los gráficos de Di Giovannandrea (p. 508), que no publica la tabla de cifras. La etiqueta "Colectivas" corresponde a lo que la tesis llama "dedicatorias colectivas". Las demás recogen las cifras que da García Martínez en sus conclusiones (pp. 1083-1091).
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